Hace días, al despegar en este blog desde el “empuje” provocado por la gran conmoción interior disparada por el sunami spinettiano, marque con un gesto liviano y etéreo la posibilidad de un rumbo sin rumbo de la expresión de los sentires y decires librados a su propia gesta, la voluntad y el deseo puestos a volar o a quedarse o a rodar por deslices impredecibles de la vitalidad mas caprichosa, rebelde o amilanada.
Y la nostalgia me ha venido persiguiendo, naciendo de momentos diversos entre sueños, despertares y transitares del trascurrir cotidiano. Padezco la nostalgia en plena edad de la nostalgia, el punto semisecular de mi existencia donde los recuerdos y la añoranza caen sobre mis hombros como el agua de las cascadas, exaltando percepciones gratas vividas a flor de piel, épocas de añares.
Hay otra muestra mas de lo vivo y la viveza de la nostalgia cuando se nos entromete en el presente y nos retrotrae invariablemente inexorablemente a ese pasado que como tal es una parte real no solo temporal de nuestra muerte, esa que empieza desde el nacer, cuando nos dirigimos hacia su consumación absoluta en el momento final aquel del tiempo agotado totalmente consumido
Y la nostalgia no es mas que un intento ciertamente absurdo, desesperado, de inasibilidad porque toda muerte que se digne de serlo y eso es nuestro paso del tiempo, por mas que sea de a poco, de una forma casi imperceptible pero permanente y persistente, creo que el tema es que nos vamos muriendo a lo largo del vivir.
Y la nostalgia quiere rescatar la vivencia plena, completa absoluta vivida, pero le falta lo esencial, lo irreemplazable, que es la vida: la eterna percepción de estar vivos que solo el presente nos da, porque es lo único que existe, la conciencia presente de ser el presente, solo ahí habitamos en realidad, en su continuo devenir y donde su infinitez convive con su finitud, al paso del somos ya fuimos y tal vez seremos, en una simple arista del tiempo que no es posible que sea un plano, es una sola dimensión, la única temporalidad del ser está ahí, en el ahora, hacia atrás solo nos resta la memoria en su retroceder de recuerdos cada vez mas distantes y cada vez mas ajenos lejanos esfumados, el desvanecer del hoy hacia atrás. Adelante, lo que vendrá, planeado o impensado, casi certero o imprevisto, nunca preciso, al menos en lo estrictamente preciso, nunca nada será igual aunque así lo parezca, y si queremos ser pragmáticos hay un futuro esperado, el planeado que en sus grandes rasgos muchas veces se cumple mostrándose como un presente similar a lo estipulado
Es difícil el reencuentro con las cosas del pasado, o al mejor decir, intentar traer al presente una vivencia del pasado, lo que desde hace un tiempo llamo una “revivencia”, es imposible porque le falta justamente la esencia de sus ser que fue la vivencia irrepetible en aquel entonces donde volvemos a caer en la necesidad del presente como única prueba del vivir.
Pero si doy un giro sustancial de ciento ochenta grados, en una perspectiva opuesta, darme vuelta como una media y tal vez me aproxime desde mi ignorancia aceptada y manifiesta, sin buscar verdades impostoras impostadas e impuestas, tal vez, digo, intentando una aproximación al “alma” sería justamente el momento único inconmensurable y reitero imposible de medir por definición, que es el presente, porque cual es la medida de un instante, quien la determina, quien la define, es posible que sea tan instantánea como para carecer de tiempo, y caer en la antinomia de la finitud infinita y es entonces que si el presente carece de tiempo por ser tan solo un instante, sería por definición la nada, atemporal inexistencia donde habita la muerte, que paradoja, la muerte convive con el vivir cuya única morada seria el presente, esa presencia eternamente inexistente.